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Señal en Vivo

Las tragedias de La Magdalena

Por Edinson Bolaños

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Taita_Milo_Anacona_contemplando_el_Estrecho_del_MagdalenaVarios problemas aquejan la corona del Macizo Colombiano donde nacen el río Magdalena y más de 70 lagunas que surten de agua al país.

Auka Yari Majha sube al páramo El Letrero vestido como indio Yanacona: plumaje en su cabeza, mambiando coca y soplando una armónica que se acompasa con el rugir del viento. Ese mismo que el taita llama Waira y que impide muchas veces llegar hasta estos sitios inhóspitos y sagrados.

Hasta allí se llega después de tres horas de camino partiendo del corregimiento de Valencia, municipio de San Sebastian, Cauca y recorriendo el camino preincaico por donde transitó el libertador, Simón Bolívar.

Estamos en la frontera entre Cauca y Huila. El agua escurre de los frailejones y las botas se entierran profundas cuando se está cerca a las grandes lagunas que nacen en la corona del Macizo Colombiano. Hay más de 70 en esta misma zona, y aunque Parques Nacionales dice preservarlas desde 1993, los indígenas Yanaconas son quienes milenariamente han tenido contacto con ellas.   

A 3600 metros de altura, ahí están, las lagunas: Santiago, Sur Américas y La Magdalena, donde nace el río más largo e importante de Colombia. Pero en el camino, antes de llegar a ellas, una chorrera se desprende de dos ‘Peñas Blancas’ que se besan para formar el río Caquetá.

Avanzamos por el camino ancestral y el indio habla y no miente: las lagunas están sentidas porque están truncando su caudal en represas como El Quimbo; porque la minería, la ganadería y el cultivo de papa asedian las riveras del río Caquetá, y porque el turismo desbordado y desordenado ha hecho que el espejo de agua de la laguna donde nace el Magdalena se disminuya cada vez más.

Somos pacientes para llegar a la Santiago, la primera laguna que desborda su caudal para entregárselo al río Magdalena. Es un espejo de agua que abruma la visión: se divisa negro como un gran poso de petróleo. Se despeja por un momento cuando el taita sopla el remedio contra el Waira, luego las nubes la cubren y el Taita anuncia que hay que retirarse.

Una hora después de atravesar el páramo está la gran Guang Kallo como le dicen los Yanaconas, o La Magdalena, posando inocente y a pocos metros de ese camino nuevo que la sigue desangrando todo porque el agua que tiene que llegar a ella de lo más alto del páramo, desde hace cuatro años se está yendo por varias cunetas cuyo destino es regarse por entre la tierra.

Ese es el mismo camino que han acondicionado los pobladores del vecino departamento del Huila en una gran minga realizada en 2008, que fue patrocinada por la Corporación del Alto Magdalena (CAM). “Lo hicieron para provocar un turismo desordenado y para sacarle provecho a la laguna”, dicen los Yanaconas.

Su agua es transparente pero se divisa blanca como una bruma de algodón. Su espejo de agua ha disminuido y la corriente donde se desprende el río Magdalena perdió su encanto: “antes la gente venia y se paraba ahí para que el río pasara por medio de sus piernas, y eso era un espectáculo”. Pero lo repitieron tantos turistas y tantas veces que hoy las riveras se han desbordado, su cauce corre lento y tiene varios rumbos. Y es ahí donde empieza la tragedia.

En la tulpa de los Yanaconas

Para llegar al corregimiento de Valencia también conocido como el Valle de las Papas, hay que coger un bus que sale de Popayán a las 12 de día y que atraviesa todo el corazón del Macizo Colombiano: los municipios de La Sierra, La Vega y San Sebastián. A las 8 de la noche llegamos a la primera cima, el resguardo indígena de Caquiona. De ahí pasamos por el páramo de Barbillas, donde se empiezan a ver los primeros rastros del Batallón de alta montaña, Benjamín Herrera, que llegó con 5 mil hombres en 2003 a la zona.

Por la trocha aún están los tambores de gasolina llenos de tierra, que utilizaban los soldados en los primeros años cuando su misión era desmantelar la guerrilla de las Farc que opera en esa zona de la cordillera central.

Esa época fue tortuosa para la comunidad Yanacona y para Auka Yari Majha también conocido como taita Milo. Como él era gobernador del resguardo indígena de Papallaqta, en Valencia, y desobedeció la orden del ejército de no seguir frecuentando los sitios sagrados de los Yanaconas, en 2008 casi lo matan. Cojeando, por un defecto físico que tiene en su pierna derecha, se escabulló entre los matorrales para salvarse de un atentado que el propio Ejército Nacional le hizo en su tierra natal. Eso también lo denunció y le costó el destierro por más de un año.

Es su historia la que cuenta mientras caminamos rumbo a la maloca. A la casa del pensamiento o el saber. Entramos a un rancho de adobe y llegamos a la tulpa, “aquí los mayores se reunían después de una larga jornada de labores a evaluar el trabajo y a proyectarse para el día siguiente. La gente no utilizaba cama. Templaba una hamaca, soplaban candela y amanecían aquí. A las 4 de la mañana otra vez se levantaban a atizonar el fuego mientras los mayores alrededor de la tulpa empezaban a tizar hilo y otros a tejer los abrigos”, dice taita Milo, mientras saca de su mochila un puñado de coca seca y lo lleva a la boca.

Luego empieza la ceremonia del Ayaguasca, que es la limpieza de la persona para entrar al mundo natural y espiritual. Entonces me levanto de la silla para recibir los riegos medicinales. Al frente, en un tablero tiene plasmado un mapa que a simple vista está lleno de rayas, pero que según él, son la caracterización territorial del pueblo Yanacona en el resguardo de Papallaqta.  

Con su índice derecho señala que al fondo del dibujo está la Tawachacajana, que significan cuatro regiones: “Las culebritas son los ríos o Mayus que nacen en este territorio. Mayu GuangCayo o Magdalena, el rio de las tumbas que rompe toda la cordillera central. El Mayu Caquetá que corre hacia el Amazonas, pasando por San Sebastián y Santa Rosa. Éste coge toda la serranía del Complejo Volcánico Doña Juana. Mayu Patía se mete por la Vega abajo, La Sierra y Guachicono, toda esa es la vertiente Pacífica; y Mayu Cauca que es la vertiente norte que pasa por Puracé y Coconuco”, explica taita Milo.

El fuego fue la chispa que habló hasta que se extinguió la llama esa noche. “Ese es un abuelo”, dice el taita, y me invita a sentarme con un trago de remedio o ‘Chirrinchi’. “Siempre le digo al que viene de turismo, siéntate, escucha al abuelo. Entonces nosotros lo llevamos a la Laguna, a ver qué le dice el abuelo Waira o sea el viento”.

Milo no es un chamán, pero sí un conocedor del camino y de la medicina que roza nuestro trasegar por la cordillera central del Alto Magdalena. Ese que nos llevó a atravesar la frontera entre el Cauca y el Huila, siguiendo el reglamento que tiene el resguardo de Papallaqta: no hacerlo a caballo. A las 4 de la mañana partimos de la maloca rumbo a la cima más alta de estas tierras.

 El anuncio de la tragedia

Cuando llegamos al lugar de la tragedia, en efecto, el agua se pierde por entre el camino como la sangre del difunto sin doliente que se traga la tierra. Estamos ahí en el camino nuevo, no en el preincaico. El que acondicionaron los campesinos del Huila desde el año 2002, construyendo una serie de cunetas cuyo fin es desviar el agua que viene desde el páramo y llega a la laguna La Magdalena.

La gran tragedia que eso ha provocado es que la laguna esté disminuyendo su espejo de agua cada vez más. Eso lo sabe el Director del Parque Nacional Puracé, Enfraín Rodríguez “vemos que el espejo de agua se ha disminuido, lo que queremos saber es si es un proceso natural o en realidad es acelerado por la condición humana, que ha usado durante décadas las zonas aledañas al páramo para la ganadería y la siembra de papa; o si el turismo, a través de caballos, que pasan cerca, que también está generando ese efecto”.

Lo cierto es que de las cunetas y del acondicionamiento del camino nuevo también saben la Corporación Autónoma Regional del Cauca (CRC), la Corporación del Alto Magdalena (CAM) y el Parque Nacional Puracé. Este último dice que ese fue un acuerdo entre las comunidades y las corporaciones con el fin de mejorar el camino nacional para mantenerlo transitable tanto para el turismo como para el uso que le siguen dando las comunidades de Cauca y Huila.

Al respecto la CRC dice que la corporación recibió en agosto de 2012 una solicitud de la Contraloría “indagándonos sobre algunas obras de adecuación a la laguna, pero realmente el conocimiento nuestro es muy limitado porque esas acciones se han hecho desde el Huila y tenemos muy poco conocimiento. Mis compañeros nunca recibieron información sobre eso, y de hecho cuando la Contraloría nos preguntó tuvimos que responder que definitivamente desde acá del Cauca no sabíamos. Sabemos que se han hecho algunas obras de drenaje, adecuación, caminos, pero desde el departamento y la corporación no se han adelantado esas obras o gestiones”.

Los indígenas Yanaconas del resguardo de Papayaqta se oponen a todo este proceso, ya que existe un camino preincaico que según ellos, se debe acondicionar porque pasa por una zona más alejada del camino nuevo donde estamos parados en este momento, es decir a 100 metros de La Magdalena.

El taita Milo insiste en que esos son sitios sagrados no solo para su comunidad sino para toda la humanidad. Dice que si siguen molestando la laguna La Magdalena, el desangramiento del espejo lagunar será total. Se secaría. “Esos son sitios vivos que sienten el daño que le hacemos la humanidad. Las venas que le están cortando son las de la parte oriental, que es la parte más alta del páramo El Letrero”.

Lo cierto es que las cunetas siguen su trayecto a lo largo del camino, hasta el cruce donde nos volvemos a encontrar con el camino preincaico, por donde se coge para llegar a la laguna Sur Américas.

Mientras avanzamos los rastros de herraduras nos confirman que hace algunos días han transitado caballos. El taita Milo camina lento apoyándose en un bastón de guardia indígena. Después de ocho horas de camino llegamos a San Antonio, la primera vereda del departamento del Huila y donde se asienta El Cedro, una solitaria casa en el Alto Magdalena.

El camino continúa al día siguiente. Una planada majestuosa nos espera, pero también la desolación de muchas casas abandonadas por causa de la guerra entre el Ejército y las Farc, que sacó a muchos campesinos de sus territorios. Contamos más de una docena de ranchos silenciosos.

En ese trayecto surge el otro tema de discusión: lo valioso que es este territorio para los huilenses, caucanos y demás colombianos. Pero la conversa se centra en los dos departamentos hermanos, que de vieja data se vienen peleando la jurisdicción del complejo lagunar de la corona del Macizo Colombiano, y sobre todo la de La Magdalena.

Frente a este tema Jaime Mauna, funcionario de la CRC, dice que como caucano lo asiste una preocupación “porque entiendo que en el último ejercicio del Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC) la nueva delimitación dejó por fuera del Cauca la laguna La Magdalena. Pero yo en mi ignorancia creería que hay muchas formas de hacer la cartografía, no solamente son las vertientes o las cuchillas de las montañas, sino que también debería haber otro tipo de criterios, por ejemplo los históricos, ancestrales y sociales. En lo que nosotros sabemos la Laguna de La Magdalena siempre ha pertenecido al Cauca, y ha pertenecido a esas comunidades indígenas aledañas”.

 Eso también lo vienen denunciando los indígenas Yanaconas, para ellos los sitios sagrados no tienen límites, ni deberían existir Corporaciones como la CAM, la CRC o Parques Nacionales, “sobre el nombre de La Magdalena se han  creado corporaciones e instituciones, que han quitado muchos recursos, y esos recursos son mal utilizados, por eso este espacio se ha sentido enfermo pero se han invitado mayores para que lo empecemos a sanar”, dice taita Milo.    

 La discusión del lado institucional se centra en que el Cauca perdería soberanía, “en cierta parte estaríamos cediendo terreno y por otro lado porque muchos de los recursos que se podrían obtener para la gestión ambiental de esos cuerpos de aguas ya no llegarían al Cauca”, dijo uno de los funcionarios de la CRC.  

El río de las tumbas

Después de atravesar la vereda San Antonio y los sitios que los campesinos e indígenas Yanaconas han denominado, Piedritas, El Alto de los Monos, Varandillas; los ríos Majuas y Ovejeras; El Alto Canelo, llegamos a Quinchana, el primer corregimiento del municipio de San Agustín, Huila.        

En esa población está el templo de los abuelos, que conserva los vestigios de la cultura precolombina y agustiniana. Adorna el tránsito del río Magdalena, que corre aguas abajo crecido y furioso. Con las aguas de las más de 70 lagunas que nacen en la corona del Macizo Colombiano. Ese GuangCayo que conversa con la tranquilidad de la cordillera central, es domado por las rocas que lo encajonan como en una tumba que rompe agresivo para formar el estrecho de El Magadalena, tan estrecho que si alguien quisiera lo puede saltar.  

Más allá de estas tierras, a 107 kilómetros de distancia, el río Magdalena se vuelve importante para la economía del país y extranjera. Dos represas: El Quimbo y Betanía, obstruyen su cauce. El río se vuelve artificial y al servicio del hombre. Y aquel Magdalena estrecho que mirábamos en el Páramo de las Papas, deja de ser bruma de algodón para convertirse en un agua barro que sólo evapora hedor.